LA AUTONOMIA MUNICIPAL
Después de la conversión del Castillo de Santa
Clara en parador y residencia para extranjeros, en 1933 doña
Carlota Alessandry Tettamanzy, propietaria de numerosas tierras
de La Carihuela, decidió convertir su cortijo de Cucazorra
en el Parador de Montemar, con siete habitaciones.
Después de
la conversión del Castillo de Santa Clara en parador
y residencia para extranjeros, en 1933 doña Carlota
Alessandry Tettamanzy, propietaria de numerosas tierras de
La Carihuela, decidió convertir su cortijo de Cucazorra
en el Parador de Montemar, con siete habitaciones.
Ya en los 40, abrió
sus puertas el hotel La Roca y en la década siguiente
Torremolinos fue configurándose como pionero del turismo
mundial y cuna del nacimiento de la hoy famosa Costa del Sol.
Primero, "descubierto" por una élite de turistas
provenientes en su mayoría de Inglaterra y, ocasionalmente,
de Estados Unidos.
Más tarde,
a partir de 1959, con la inauguración del primer hotel
de lujo de la zona, el Pez Espada, Torremolinos empezaría
a acumular fama y proyección, hasta el punto de que,
ya en los 60, contaba con 32 hoteles, con un total de unas
10.000 plazas, consolidándose como un gran destino
turístico capaz de acoger a miles de visitantes. Fue
el llamado "boom" turístico, que supondría
la llegada de famosos del cine y del mundo del espectáculo,
además de conocidas personalidades de la política
del momento y destacados empresarios y hombres de negocio
de todo el mundo quienes, encantados con sus estancias en
la zona, se convertirían en auténticos pregoneros
de las excelencias turísticas de Torremolinos que favorecerían
que el hoy municipio lograra también consumar su papel
de pionero del turismo en Europa.
Durante los meses
de verano, Torremolinos era el centro neurálgico de
la "movida" nacional, con todo lo que ello suponía
de popularidad y bullicio.
Pero este desarrollo
espectacular, a finales de los 60, trajo también consigo
la constatación, cada vez más evidente, de que
Málaga no atendía mínimamente las necesidades
de Torremolinos y las exigencias que comportaba su protagonismo
turístico, poniendo en evidencia una nula respuesta
a las cada vez más exigentes demandas de mejores prestaciones
y servicios que, por otro lado, empezaban ya a ser realidad
en otros municipios de la Costa del Sol.
Surgieron,
allá por 1968, las primeras inquietudes en pos de la
independencia, que no se tradujeron en resultados efectivos
al ser capitaneadas por una Junta Gestora de "notables"
coordinada por el conocido abogado malagueño Victoriano
Frías, en cuyo despacho se celebraban reuniones de
no más de veinte personas nacidas o estrechamente vinculadas
a Torremolinos, caso de Enrique Reyes de la Vega, Antonio
Caffarena Martín y Pedro Fernández Montes.
El régimen
dictatorial imperante en España, aunque en plena decadencia,
vio siempre con recelo, cuando no negativamente, cualquier
germen de proceso de segregación, aunque éste
fuera en el ámbito municipal y estuviera previsto en
la Ley. Por ello, fue relativamente fácil para quienes
por entonces regían los destinos políticos de
Málaga capital llevar a cabo las gestiones necesarias
ante el Gobierno Civil para que se suspendiera, momentos antes
de comenzar y por medios expeditivos, una asamblea constituyente
prevista en el hotel Alay y donde tenían previsto dejar
sentado muchos esperanzados vecinos su inequívoco sentimiento
de independencia municipal.
La suspensión de este acto fue un verdadero escándalo,
tanto por el fondo como por las formas, y provocó multitud
de protestas y propósitos de continuar le "lucha"
en pos de la constitución de una asociación
promotora de la segregación.
Pero se trataba
de un proyecto débil en sus raíces. La mayoría
de los "notables" promotores del movimiento no soportó
la presión institucional ejercida para intentar paralizar
el proceso y el deseo de seguir delante de muchos torremolinenses
se dio de bruces con la conclusión de quienes, desde
la Gestora, entendieron que "por el momento, es aconsejable
no continuar".
En 1979, constituidos
los ayuntamientos democráticos y con las expectativas
generadas por la nueva situación democrática,
algunos partidos recogieron en sus programas electorales el
proyecto de independencia y Torremolinos vio nacer un gran
movimiento ciudadano basado en dos motivaciones: por un lado,
el sentimiento profundo de los ciudadanos de Torremolinos
de querer recuperar su identidad como pueblo; por otro, el
abandono a que estaba sometido por parte de Málaga
que, pese a tratarse Torremolinos del pionero y líder
turístico indiscutible en la Costa del Sol y España,
no cubría las necesidades esenciales de una zona de
estas características, propiciando un deterioro de
la imagen que, por el contrario, iba al alza en otros municipios
de la zona, por lo que Torremolinos quedaba abocado a un segundo
plano.
NUEVE AÑOS DE INTENSA LUCHA
Fueron nueve largos años de dura
e intensa lucha que tuvieron como fecha de referencia la del
11 de julio de 1979, jornada de constitución formal,
en el hotel Cervantes, de la Junta Gestora pro-Autonomía,
en la que estaban representados todos los partidos políticos
y movimientos ciudadanos y que aprobó la propuesta
de Pedro Fernández Montes de redactar un Manifiesto
que fijara las bases y la filosofía que habrían
de regir el movimiento ciudadano y expresara los motivos explícitos
de la demanda de segregación de Málaga, fijando
además las "reglas del juego" en la iniciativa
para evitar con ello la capitalización partidaria del
movimiento.
Se
pretendía, en todo caso, evitar caer de nuevo en los
errores cometidos en 1968, cuando un movimiento similar fracasó
por exceso de improvisación, falta de coordinación
y unidad de criterios y, sobre todo, no haber contado con
el conjunto del pueblo de Torremolinos.
El propio Pedro Fernández Montes
aportó un borrador de Manifiesto formado por 14 puntos
y que, sometido a deliberaciones y reducido a 12 únicos
puntos, fue definitivamente aprobado el 16 de agosto de 1979,
estableciéndose la fecha del día siguiente para
que los partidos políticos y representantes de asociaciones
y entidades rubricaran formalmente, en el mismo hotel Cervantes,
el Manifiesto Pro-Autonomía de Torremolinos.
Se pretendía, por tanto, dar la
máxima proyección pública al acto, considerado
el verdadero punto de arranque de la consecución de
la independencia a corto plazo, teniendo en cuenta que los
partidos políticos firmantes contaban con una amplia
mayoría en el Ayuntamiento de Málaga, lo que
garantizaba a priori que, imponiéndose la coherencia
política, el proceso seguiría su curso de forma
rápida.
Pero no fue así. El sorprendente
cambio de actitud, en contra de lo mantenido hasta ese mismo
momento, tanto del Partido Socialista Obrero Español
(PSOE) como del Partido Comunista de España (PCE) de
Torremolinos, se consumó en su negativa a firmar el
Manifiesto, aduciendo "cuestiones de óptica, política
interna y disciplina de partido" y anunciando su abandono
de la Gestora.
Esta súbita transformación
representó un duro revés para las aspiraciones
de independencia, ya que PSOE y PCE contaban con la mayoría
absoluta en el Ayuntamiento de Málaga, mientras el
resto de formaciones y colectivos mantenían su postura
y suscribían, como estaba previsto, el Manifiesto Pro-Autonomía
de Torremolinos.
Nueve meses después de estas iniciativas, el movimiento
contaba ya con 3.000 socios, de entre las 9.000 personas mayores
de edad empadronadas entonces en Torremolinos, muchos de las
cuales se sumaron, el 7 de junio de 1980, a la multitudinaria
asamblea constituyente celebrada en la antigua plaza de toros,
donde quedó conformada la Junta Pro-Autonomía
de Torremolinos, cuya principal singularidad fue sin duda
la co-presidencia de cinco personas: Eusebio Arribas Castillo,
Manuel Campoy Hernández, Pedro Fernández Montes,
Roberto Olarra Pappalardo y José Sánchez Escaño,
siendo nombrado secretario José Ramón del Cid
Santaella; vicesecretario, Antonio Abril de Toledo; tesorero,
Domingo Avisbal Márquez; contadores, Antonio Caffarena
Marín, Juan Montes Pinto, Francisco González
Leal y Juan Vallejo Martín, y vocales, Salvador Alarcón
Mercader, salvador Buendía Rodríguez, Francisco
Cabrera Cerdán, Antonio Fernández Jiménez,
José Fernández Montes, Manuel Flores Cruzado,
Luisa Gimilio Amate, Rafael Gómez Martín, Antonio
Gómez Quesada, Angeles Guerrero (viuda de Bóveda),
Ernesto López Serrano, Antonio Muñoz de la Rosa,
Lázaro Navarro Pérez, Gilberto Peña Ferre,
Salvador Porras Canales, Manuel Rascón Medina, Francisco
Rivera Márquez, Francisco Romero Avila, Francisco Tejada
Gómez y José Isidro Villanueva, además
de Isabel Manoja Serra, nombrada coordinadora.
La nueva Junta comenzó así
una ardua tarea, cuya finalidad no era otra que demostrar
fehacientemente las razones que justificaban la segregación
. Para ello, había que adoptar primero una importante
decisión: elegir al equipo profesional que llevara
jurídicamente el proceso, teniendo en cuenta además
los importantes costes económicos de una gestión
de esta naturaleza. Finalmente, tras muchos contactos, se
decidió encomendar dicha tarea al abogado granadino
Antonio Tastet Díez, quien a la postre sería
auténtico artífice jurídico de un trámite
tan amplio y complejo, al que además se sumó
de forma entusiasta, con honradez y enorme profesionalidad,
méritos reconocidos hoy con el bautismo de una calle
que perpetúa su memoria.
En principio, los requisitos exigidos para obtener la condición
de municipio se resumían en tres:
Territorio suficiente para desarrollar
las actividades propia de un municipio, un aspecto éste
superado básicamente al tener Torremolinos perfectamente
delimitados con anterioridad, desde cuando era municipio independiente,
su término municipal, por lo que se trataba de copiar
el antiguo mapa del Torremolinos de 1924, actualizándolo
con los nuevos barrios, distritos y urbanizaciones surgidas
entre aquél año y 1980.
Contar con la voluntad popular.
Un aspecto fácil en apariencia, pero no tan sencillo
en cuanto a su demostración jurídica, sobre
todo teniendo en cuenta que la Ley no preveía la celebración
de un referéndum, por lo que la única forma
de acreditar esa voluntad popular era mediante la firma individualizada
de un documento de apoyo a la segregación de Torremolinos
de Málaga. La campaña a tal fin se inició
el 15 de febrero de 1981 y, programada para tres meses, la
Junta Pro-Autonomía hubo de prolongarla como consecuencia
de que el censo oficial, revisado ese mismo año, se
había ya incrementado en personas mayores de 18 años
hasta los 12.000 habitantes, lo que significaba que, siendo
necesario acreditar la "voluntad popular" en número
superior al 50 por ciento de la población, el número
de firmas exigible alcanzaba las 6.000.
Además, el PSOE, con una
amplia mayoría en el Ayuntamiento de Málaga
y un triunfo electoral en los colegios electorales de Torremolinos,
inició desde la ejecutiva local liderada por Francisco
Bóveda, a la sazón teniente de alcalde del Ayuntamiento
de Málaga, una campaña soterrada de oposición
a la recogida de firmas que dificultaba aún más
esta iniciativa y que motivó fuertes discrepancias
en el seno del propio partido, en el que destacados dirigentes
locales, como el anterior responsable en Torremolinos, Francisco
Prieto Tejada, hoy ya no militante socialista, discrepó
abiertamente de la postura impuesta por Francisco Bóveda,
por considerar que ir contra la autonomía suponía
una tradición a su propio pueblo.
Por su parte, el PCE, habiendo
rehusado también a firmar el Manifiesto, no hizo campaña
en contra de la recogida de firmas, dejando libertad a sus
militantes, una decisión influida por Brenea Chaves,
vecina de Torremolinos y entonces concejala del Ayuntamiento
de Málaga.
Por fin, se superaron todos los obstáculos y trece
meses después, en marzo de 1982, se dio por terminada
la recogida de firmas, con más de 8.400 apoyos explícitos,
que suponían más del 70 por ciento del censo
oficial del momento.
Contar con autosuficiencia económica.
No había dudas al respecto,
aunque de la promesa formal del entonces alcalde de Málaga,
Pedro Aparicio, a la Junta Pro-Autonomía, de facilitarle
todos los datos económicos relacionados con Torremolinos
se pasó a una cerrazón total al respecto, resultando
especialmente difícil demostrar documentalmente esa
autosuficiencia económica del municipio. De hecho,
consciente de la imposibilidad de acreditar lo contrario,
el alcalde de Málaga argumentó reiteradamente
que Torremolinos era deficitario y que, por tanto, su supervivencia
dependía de las aportaciones de Málaga.
Fue necesaria mucha paciencia y
superar muchos inconvenientes para que los miembros de la
Junta Pro-Autonomía lograrán acopiar los necesarios
datos socio-económicos que probaran la importancia
de Torremolinos y los ingresos que podía generar de
cara a poder atender las necesidades que comportaría
un autogobierno. No obstante los problemas, finalmente se
elaboró un presupuesto teórico de 2.100 millones
de pesetas, confirmado más tarde como viable por los
técnicos de la Dirección General de Administración
Local y Justicia, que valoraron la evidencia de la rigurosidad
de este trabajo, corroborada además por el hecho de
que el primer presupuesto del nuevo municipio ascendió
a idéntica cantidad, 2.100 millones de pesetas.
Concluido por fin el expediente jurídico demostrativo
de la capacidad de Torremolinos para cumplir los requisitos
legales exigidos, el documento de segregación, el más
completo que jamás se había elaborado en España,
con 3.500 folios, fue presentado por Antonio Tastet Díez
y algunos miembros de la Junta Pro-Autonomía el 30
de abril de 1982, celebrándose ese mismo día,
como apoyo al trámite administrativo, una manifestación
popular por las calles de Torremolinos a la que acudieron
más de 5.000 personas.
A partir de aquel momento, todo
dependía del Ayuntamiento de Málaga. Si votaba
a favor, el expediente tendría una rápida tramitación.
En caso contrario, la Junta Pro-Autonomía se vería
abocada al trámite contencioso.
Aunque el PSOE de Torremolinos
se había mostrado contrario a la autonomía,
eran muchos los que albergaban esperanzas de que, una vez
constatado el rotundo apoyo popular al proceso de segregación,
y tras haberse demostrado la capacidad económica de
supervivencia de Torremolinos, el PSOE votara a favor de la
independencia. Además, se tenía la esperanza
de que Francisco Bóveda, que no había nacido
en Torremolinos pero llevaba más de veinte años
viviendo en el pueblo, como máximo responsable del
PSOE en Torremolinos y también teniente de alcalde
en el Ayuntamiento de Málaga, influyera en sentido
positivo sobre la decisión final. Pero no fue así.
Al final, lo que muchos calificaron de "traición
a su pueblo" se consumó el 29 de mayo de 1982,
cuando Bóveda, como el resto de compañeros de
partido, antepuso sus intereses personales y su estatus de
concejal malagueño a los deseos del pueblo de Torremolinos,
votando contra la iniciativa de independencia.
El rechazo mayoritario del Ayuntamiento
de Málaga a la segregación supuso un duro revés
para la Junta Pro-Autonomía y los miles de vecinos
de Torremolinos que habían soñado con ver cumplido
su sueño de forma casi inmediata. No obstante, en julio
de 1982 se interpuso el correspondiente recurso de reposición,
que fue tratado por el Pleno malagueño en sesión
ordinaria del 30 de septiembre de ese mismo año. De
nuevo, Francisco Bóveda y el resto de representantes
socialistas se opuso a la independencia de Torremolinos, lo
que, por otra parte, no representó ninguna sorpresa.
Además, en dicha sesión no sólo fue rechazado
el recurso sino que, a propuesta del portavoz del PSOE, se
decidió el archivo del expediente y, por tanto, su
no tramitación como exigía la Ley.
Se trataba, en síntesis,
de llevar el proceso a "vía muerta", ya que
la única posibilidad de que el expediente continuara,
a través del Consejo de Ministros, obligaba a recurrir
a la vía judicial y, consecuentemente, a un largo trámite
de años que, probablemente, propiciaría que
se disiparan las aspiraciones e ilusiones mayoritarias del
pueblo de Torremolinos.
Ante tal tesitura, la Junta Pro-Autonomía
decidió solicitar un informe a la Abogacía del
Estado y el Ministerio de Administración Territorial,
que concluyó que el expediente de segregación
debía seguir su curso y no podía ser archivado.
El alcalde de Málaga, Pedro
Aparicio, como el resto de sus compañeros, hizo caso
omiso a tal pronunciamiento, hasta el punto de no querer siquiera
entregar el acta de la sesión plenaria del 30 de septiembre,
para con ello retrasar todo el proceso iniciado.
La Junta Pro-Autonomía entendió
siempre que la decisión de archivar el expediente constituyó
una decisión injusta a sabiendas, un hecho tipificado
legalmente como delito de prevaricación, pero evitó
acudir a la vía penal, en aras de seguir agotando la
vía contenciosa y evitar que el trámite se eternizara.
Fueron necesarios tres meses y
medio para que el 14 de enero de 1983 el Ayuntamiento de Málaga
notificara finalmente su acuerdo plenario de archivo. Inmediatamente,
se preparó el recurso correspondiente, presentado en
febrero ante la Audiencia Territorial de Granada.
Fechas antes, la Junta Pro-Autonomía procedió
a la renovación de su Junta Directiva, debido a que
las obligaciones profesionales de algunos de sus miembros
les impedía dedicar a la misma el tiempo suficiente,
además de haberse comprobado que la co-presidencia
de cinco personas decidida inicialmente resultaba excesivamente
compleja a efectos de firma y representación. Por ello,
se decidió la elección de un único presidente,
nombramiento que, mediante votación secreta de los
28 miembros de la Junta asistentes, recayó en Pedro
Fernández Montes, quien fue respaldado con 26 sufragios,
mientras que José Sánchez Escaño obtuvo
uno y otro voto fue emitido en blanco.
El
17 de diciembre de 1982 quedó constituida por unanimidad
la nueva Junta Directiva, que quedó formada por Pedro
Fernández Montes como presidente; José Ramón
del Cid Santaella (Secretario); Luisa Gimilio Amate (Secretaria);
Domingo Avisbal Márquez (Tesorero); Eusebio Arribas
Castillo, Antonio G. Guillamón Maraver, Francisco Gómez
Pérez y Juan Vallejo Martín (Contadores); Isabel
Manoja Serra (Coordinadora), y los vocales Miguel Alarcón
Alarcón, Salvador Alarcón Mercader, Elena Avisbal
Moreno, Antonio Caffarena Martín, Francisco Campoy
Carrique, Manuel Flores Cruzado, José Fernández
Montes, Antonio Gómez Quesada, Francisco González
Leal, Angeles Guerrero de Bóveda, Ernesto López
Serrano, Antonio Márquez Zaragoza, Juan Montes Pinto,
Roberto Olarra Pappalardo, Antonio Pedraza Pérez, Manuel
Rascón Medina, Francisco Rivera Márquez, Francisco
Romero Avila y Francisco Troncoso Rueda.
Con la situación en punto
muerto, la Junta Pro-Autonomía, como miles de ciudadanos,
se dispusieron a esperar el desarrollo de los acontecimientos
pero, en contra de lo que algunos deseaban y suponían,
no cundió el desánimo y, ante la larga espera
que se sospechaba, se decidió multiplicar las actividades
para seguir recaudando fondos y, sobre todo, mantener encendida
la llama reivindicativa. Surgió entonces el boletín
informativo "La Voz de Torremolinos", que se hizo
eco de las fiestas, festivales infantiles, paellas populares
y demás actos que se sucedían. Fue en esa misma
publicación en la que el insigne malagueño y
torremolinense de corazón y adopción Manolo
Blasco firmó un celebrado artículo titulado
"El Bacherama" en el que glosaba el abandono que
sufría Torremolinos por parte del Ayuntamiento de Málaga.
Veinte meses después de
haberse presentado el recurso ante la Audiencia Territorial
de Granada, ésta dictó una sentencia que daba
la razón a la Junta Pro-Autonomía y obligaba
al Ayuntamiento de Málaga a cursar la tramitación
del expediente que, en cumplimiento del trámite preceptivo,
fue objeto de exposición pública en marzo de
1985 sin que se produjeran alegaciones, aunque ello no evitó
que pasaran los meses sin que el alcalde, Pedro Aparicio,
cumpliera el paso siguiente de llevar el mismo nuevamente
al Pleno municipal. Era, pues, un nuevo bloqueo del proceso.
La indignación popular fue
en aumento en Torremolinos. La Junta Pro-Autonomía,
evitando la iniciativa jurídica que prolongaría
extraordinariamente en el tiempo el trámite de expediente,
optó entonces por propiciar una movilización
ciudadana capaz de demostrar a los dirigentes socialistas
el verdadero poder del movimiento y su firme resolución
de perseverar en sus fines.
En septiembre de 1986 el pueblo
de Torremolinos se echó a la calle y, ante miles de
vecinos, Pedro Fernández Montes leyó un duro
comunicado exigiendo el cumplimiento de la Ley y advirtiendo
que la paciencia del pueblo de Torremolinos, que hasta entonces
había dado un ejemplo de civismo, tenía un límite
y en ningún caso permanecería pasivo ante el
evidente secuestro de su voluntad del que estaban siendo autores
Pedro Aparicio y Francisco Bóveda.
Por fin, en noviembre de 1986, después de un nuevo
retraso de dos años, el asunto fue llevado a Pleno
en el Ayuntamiento de Málaga, donde el responsable
del PSOE de Torremolinos, junto con los demás compañeros
de su partido en la capital, volvieron a votar contra la independencia
de Torremolinos. Además, en esta ocasión el
voto contrario también se produjo por parte de otro
concejal nacido en Torremolinos, Miguel Escalona Quesada,
quien, como Böveda, justificó su posición
afirmando que el respaldo recibido por su partido en Torremolinos
se correspondía con las personas contrarias al proceso
de segregación.
No era así. Salvo contadas
excepciones, los vecinos de Torremolinos, al margen de inclinaciones
políticas, estaban en su inmensa mayoría por
la autonomía, y es por ello que muchos consideraron
a Francisco Bóbeda y Miguel Escalona "traidores",
dándose la paradoja de que éste último
fue precisamente el más beneficiado de lo que jamás
quiso ni defendió, ya que, merced a una coalición,
acabó siendo presidente de la Gestora que administró
Torremolinos a partir de su recuperada independencia administrativa.
Efectivamente, aunque en 1991 el
PSOE obtuvo muchos menos votos que el Partido Popular, liderado
por Pedro Fernández Montes, un acuerdo de coalición
con IU permitió a Miguel Escalona convertirse en el
primer alcalde electo del nuevo municipio de Torremolinos.
Después del nuevo acuerdo
del Ayuntamiento de Málaga contrario a la independencia
de Torremolinos aún pasarían cuatro años
hasta que el expediente, nuevamente retenido, fuera remitido
a las instancias correspondientes. En ese período,
además, se produjo el hecho importante de que las competencias
para decidir la segregación que ostentaba el Consejo
de Ministros fueron traspasadas al Consejo de Gobierno da
la Junta de Andalucía, gobernada por el PSOE, tan reiteradamente
opuesto a la independencia. Creció por ello la inquietud
de los torremolinenses, sobre todo tras conocerse que el expediente
remitido por Málaga fue acompañado de un informe
económico, que aclaraba el retraso de la tramitación,
cuya principal finalidad era demostrar que Torremolinos no
cumplía el requisito de autosuficiencia económica,
lo que ofrecía a la Junta de Andalucía un argumento
legal suficiente para confirmar la no procedencia de la concesión
de la independencia.
Por si fuera poco, el alcalde de
Málaga, Pedro Aparicio, y el teniente alcalde de Torremolinos,
Francisco Bóveda, no cesaron de realizar pronunciamientos
públicos en los que aseguraba que Málaga recaudaba
de Torremolinos unos 600 millones de pesetas, mientras que
gastaba mucho más. Fue, sin duda, una postura que pocos
creyeron, sobre todo por la contradicción que suponía
pretender retener a toda costa, frente a la reivindicación
popular y contra la Ley, lo que, según sus palabras,
resultaba una carga económica muy importante.
Cuando por fin la Junta Pro-Autonomía
tuvo acceso al referido informe, sólo tardó
veinte días en rebatirlo y ridiculizarlo hasta extremos
insospechados. Como ejemplo, se aportó una copia de
pago de una sola licencia de obras facilitada por un constructor
cuyo montante doblaba ya la cantidad que el Ayuntamiento de
Málaga afirmaba recaudar en todo un año. Además,
entre otras muchas pruebas, quedó acreditado que los
ingresos por Contribución Urbana en Torremolinos ascendían
a casi el doble de lo señalado en el controvertido
expediente económico.
Se sucedieron los viajes a Sevilla
del presidente de la Junta Pro-Autonomía, acompañado
por el abogado Antonio Tastet y la coordinadora Isabel Manoja,
a fin de entrevistarse con técnicos de la Junta de
Andalucía quienes, justo es reconocerlo, demostraron
profesionalidad y asepsia ante la grotesca farsa urdida por
el Ayuntamiento de Málaga, frente a la cual se ofrecía
la irrefutabilidad de los datos que aportaba la Junta Pro-Autonomía.
Así, en diciembre de 1986 fue informado favorablemente
el expediente de segregación, lo cual no suponía,
en absoluto, el triunfo en la interminable batalla jurídico-administrativa.
Tocaba entonces esperar la decisión
política final de la Junta de Andalucía, una
resolución que no podía ser contraria al diagnóstico
técnico pero que resultaba compleja en el ámbito
político, teniendo en cuenta que el PSOE gobernaba
en Sevilla, Málaga y Torremolinos.
Atender el dictamen de los técnicos
suponía, seguro, propiciar un duro enfrentamiento entre
el PSOE regional y el malagueño, abocando además
a consecuencias jurídicas y políticas de hondo
calado. Por ello, la Junta de Andalucía optó
por "dormir" el asunto, aparcando cualquier decisión,
mientras que la Junta Pro-Autonomía se daba un plazo
de dos meses para emprender nuevas acciones reivindicativas.
Se cumplió dicho plazo y,
en una resolución osada y valiente, se decidió
convocar una huelga general para el 24 de marzo de 1986.
El apoyo del pueblo fue total.
Desde primeras horas, pese a que el paro se convocó
desde las once, el pueblo entero se paralizó, incluidos
los hoteles, que fijaron unos servicios mínimos. Fue
una jornada con amplia repercusión mediática
no sólo en España sino también fuera
de nuestras fronteras y la magnitud y decisión de la
protesta obligó a la Junta de Andalucía a prometer
que "en dos o tres meses como máximo", el
expediente de segregación sería remitido al
Consejo de Estado, a fin de que éste redactara un informe
de carácter preceptivo, aunque no vinculante. Era el
último trámite previo a la decisión definitiva.
El 24 de abril de 1987 el concejal
del Partido Popular en Málaga Ildefonso Arenas presentó
una moción que requería la revocación
del acuerdo del Ayuntamiento de la capital que denegaba la
segregación de Torremolinos y el pronunciamiento favorable
a la misma ante la Junta de Andalucía. Frente a tal
iniciativa, Francisco Bóveda (PSOE) justificó
la oposición socialista a la independencia alabando
el funcionamiento de la Junta de Distrito de Torremolinos
como cauce eficaz para resolver los problemas y defendiendo
una vez más la correcta administración de los
intereses de Torremolinos y la no necesidad de la segregación.
De nuevo, Pedro Aparicio, Francisco Bóveda, Miguel
Escalona, junto con los catorce concejales socialistas más,
votaron contra Torremolinos y rechazaron la moción.
Siguió pasando el tiempo
de forma inexorable sin que la Junta de Andalucía cumpliera
su compromiso y plazo anunciado. Mientras, en Torremolinos
crecía la indignación, hasta el punto de que
algunos propugnaban ya "medidas más radicales",
pese al ejemplar comportamiento cívico mantenido en
los años precedentes.
La Junta Pro-Autonomía temía
entonces, dado el estado de ánimo general, que cualquier
convocatoria multitudinaria derivase en incidentes por acción
de ilegales o incontrolados, cuya actuación acarrearía
responsabilidades y, sin duda, consecuencias peligrosos y
serio riesgo de paralización definitiva del proceso.
No obstante, como persistía el "silencio"
de la Junta de Andalucía, pese a los sucesivos requerimientos
al consejero de Gobernación, Enrique Linde, tras mucho
sopesarlo, y viendo incontenible la crispación popular,
se decidió convocar una manifestación para el
10 de septiembre, no sin acompañar la misma de una
llamada explícita del presidente de la Junta Pro-Autonomía,
Pedro Fernández Montes, a la tranquilidad y a la protesta
pacífica.
Por fortuna, este llamamiento fue
atendido unánimemente. La manifestación fue
de nuevo un ejemplo de civismo, aunque concluida la misma
muchos se preguntaban cuánto tiempo podría mantenerse
la calma y reprimir los deseos de una minoría de endurecer
las acciones, algo a lo que reiteradamente se opuso con rotundidad
la Junta Directiva, que apostaba nuevamente por la confianza
en el Estado de Derecho.
Sea como fuere, Pedro Fernández
Montes se dirigió por escrito al entonces presidente
de la Junta de Andalucía, José Rodríguez
de la Borbolla, para explicarle las graves consecuencias que
podrían derivarse de prolongarse la pasividad del gobierno
autonómico en este asunto, instándole a que
cumpliera el último trámite pendiente: la remisión
del expediente al Consejo de Estado.
El viernes 11 de diciembre, el
consejero hizo pública por fin la decisión de
la Junta de Andalucía, que asumía prácticamente
todas las tesis del movimiento de segregación, hasta
que el octubre de 1987 se conocía también el
dictamen favorable del Consejo de Estado, el cual instaba
a la Junta de Andalucía a aprobar definitivamente la
independencia municipal de Torremolinos.
Aún así, la Junta
de Andalucía no encontraba el momento político
oportuno para hacer pública tan importante decisión,
lo que llegó incluso a motivar que la Junta Pro-Autonomía
se marcara la iniciativa probablemente más osada y
ambiciosa de su existencia: la convocatoria de una manifestación
ante la misma sede de la Consejería de Gobernación,
en Sevilla.
La complejidad de la logística,
que pretendía el traslado a la capital andaluza de
más de cinco mil personas, suponía un reto para
la Junta Pro-Autonomía, que asumió sin recato,
consciente del rotundo respaldo popular a su lucha.
El 25 de noviembre se hizo pública
la convocatoria, que anunciaba la concentración para
el 15 de diciembre de ese mismo año, 1987, y que fue
acogida de inmediato con un entusiasmo imprevisible, hasta
el punto de cubrirse en pocas fechas las plazas previstas
inicialmente, correspondientes a 80 autobuses contratados.
Los vecinos de Torremolinos, indudablemente,
parecían percibir en su mayoría que este acto
iba a ser decisivo de cara a la adopción por parte
de la Junta de Andalucía de una postura definitiva
sobre la independencia, sobre todo a raíz de la petición
del mismísimo consejero de Gobernación, Enrique
Linde, de entrevistarse, dos días después, el
10 de diciembre, en Torremolinos, con el presidente de la
Junta Pro-Autonomía, Pedro Fernández Montes.
El escenario de este importante
encuentro fue el Molino de la Torre y en el mismo el consejero
Enrique Linde adelantó ya la decisión del gobierno
autonómico de dar "luz verde" a la segregación
de Torremolinos, por lo que reclamaba la suspensión
de la anunciada manifestación en Sevilla, informando
que la noticia sería dada a conocer al día siguiente,
de tal manera que Torremolinos accedería oficialmente
a su independencia en junio del año siguiente.
Los miembros de la Junta Pro-Autonomía,
además de mostrar su satisfacción por la noticia,
explicaron a su interlocutor la imposibilidad, dada su cercanía
en el tiempo, de suspender la convocatoria, aunque le expresaron
que, frente al espíritu reivindicativo que la propició,
la misma tendría ahora otro tono distinto, de testimonio
de la voluntad inquebrantable de los torremolinenses de ver
cumplido finalmente su sueño autonómico.
El fortísimo aguacero que
marcó en lo meteorológico la jornada del 15
de diciembre de 1987 no fue óbice para que, desde las
seis de la mañana, miles de ciudadanos empezaran a
ocupar sus plazas en los autobuses previstos, que emprendieron
viaje a Sevilla, junto a centenares de vehículos privados,
a las 8 de la mañana, mientras la jornada paralizaba
también todo el municipio, ya que el comercio y quienes
no pudieron desplazarse quisieron también mostrar su
solidaridad con al marcha.
Más de 7.000 personas, muy
por encima de las 5.000 previstas inicialmente y prácticamente
la tercera parte de la población total de Torremolinos
en aquel momento, vivieron con ilusión e impaciencia
un viaje histórico que está ya inscrito como
uno de los momentos más decisivos y emotivos de todo
el proceso por la independencia.
Bien entrada la tarde, cuando aún
persistía la lluvia incesante durante toda la jornada,
la multitudinaria caravana era recibida con alegría
en Torremolinos, que permaneció durante todo el día
poco menos que como una "ciudad fantasma", con comercios
y bares cerrados y toda actividad prácticamente paralizada.
El orden y el civismo marcaron
la concentración en Sevilla, donde un vehículo
con megafonía solicitaba las disculpas de los vecinos
de la capital y explicaba las razones de la movilización.
Ni un solo incidente empañó el ejemplo cívico
ofrecido por los torremolinenses.
A partir de entonces, sólo
cabía ya esperar la calma de los ánimos y ver
culminado un sueño al que de manera injusta, contumaz
y hartera se habían venido oponiendo los resortes del
poder socialista en Madrid, Sevilla y Málaga, no sólo
ya frente a los propios vecinos de Torremolinos sino contradiciendo
también la postura mayoritaria de los ciudadanos malagueños,
que comprendieron la justicia de la reivindicación.
Comenzaron entonces a producirse
situaciones y posturas personales, no alejadas de intrigas
e intoxicaciones de toda naturaleza, que pretendían
a la postre desvirtuar el proceso vivido, hasta el punto de
que muchos de los que durante años se manifestaron
y actuaron radicalmente en contra de la segregación
de Torremolinos, se proclamaban ahora defensores de la autonomía
"de toda la vida".
Las maniobras llegaron al límite
de propiciar que algún miembro de la Junta Pro-Autonomía
propusiera la inmediata dimisión del presidente, Pedro
Fernández Montes, arguyendo que ello favorecería
la consumación de la independencia con mayor rapidez.
Quien así se condujo, probablemente de buena fe pero
indudablemente influenciado, acabó más tarde
reconociendo su error, poniendo una vez más de manifiesto
el auténtico "baile" de comportamientos protagonizado
por algunos personajes del momento.
El 11 de abril de 1988 Pedro Fernández
Montes se entrevistó con el director general de Administración
Local y Justicia, José Antonio Saínz Pardo,
quien le informó de que el expediente de segregación
de Torremolinos estaba totalmente culminado y ya sólo
pendiente de que el presidente de la Junta de Andalucía,
José Rodríguez de la Borbolla, firmara el documento,
un trámite previsto para el viernes 15 o, a más
tardar, el lunes siguiente, día 18.
No fue así. El último
"detalle" del proceso seguía demorándose.
El 19 de mayo Torremolinos se conmovió al conocerse
que el corazón de Isabel Manoja había dejado
de latir. Desde su puesto en la Junta-Pro Autonomía,
con su alegría y entusiasmo, esta mujer joven había
sabido aunar voluntades y demostrar un gran cariño
por Torremolinos durante nueve largos e intensos años
de reivindicación. Su entierro constituyó una
auténtica expresión de gratitud y respeto de
todo el pueblo de Torremolinos, que acompañó
el féretro hasta la última morada de esta gran
luchadora, el cementerio de San Miguel, donde descansa quien
aún hoy está muy presente en la memoria del
municipio y quien cuenta con el justo reconocimiento público
a su labor en el busto de bronce que preside la Avenida Isabel
Manoja.
El 9 de julio de 1988, en contacto
con el departamento jurídico de la Junta de Andalucía,
se confirma una vez más que el expediente está
culminado y se conoce que la firma del mismo está prevista
para el día 26 de ese mismo mes, fecha de la última
reunión del Consejo de Gobierno de la Junta de Andalucía
antes del inicio de las vacaciones estivales.
Una vez más, todo quedó
en previsión. Sería necesario que transcurriera
todo el mes de agosto para que, ya a finales de septiembre,
concretamente el martes 27, tuviera lugar el anhelado formulismo.
A las nueve de la mañana
de esa fecha histórica, el presidente de la Junta Pró-Autonomía,
Pedro Fernández Montes, recibe una llamada telefónica
en su domicilio del director general Saínz Pardo, quien
le informa de que el expediente está ya sobre la mesa
del Consejo de Gobierno para su aprobación esa misma
mañana.
¡Por
fin la Autonomía! ¡Por fin la independencia!
¡Por fin, tras 64 años de espera, Torremolinos
recupera su municipalidad!
Fue el día soñado
por todos. A las dos y media de la tarde Canal Sur daba cuenta
de la noticia y, a partir de ese momento, el júbilo
inundó las calles y plazas de Torremolinos. El "ya
somos catetos", ajeno al tradicional sentido peyorativo
de la expresión, se convirtió en la proclama
más repetida y celebrada en lo que fue una auténtica
locura colectiva.
El 11 de octubre de 1988, en un
emotivo discurso, Pedro Fernández Montes proclamaba
su agradecimiento al pueblo de Torremolinos por una larga
lucha ejemplar de civismo y perseverancia, anunciando su decisión
de no formar parte, como podía hacer si lo deseaba,
de la nueva Gestora que, a partir de entonces, llevaría
las riendas del destino del nuevo Torremolinos independiente.
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